Sentimiento de conveniencia

Hay quienes se pasan la vida presumiendo de su amor por unos colores, sacando pecho de un sentimiento que dicen llevar muy dentro y atribuyéndose una fidelidad que, curiosamente, siempre parece venir acompañada de algún beneficio. Porque una cosa es sentir los colores de un equipo y otra muy distinta es convertirlos en una oportunidad para sacar rendimiento personal.
El amor por un escudo no se mide por las veces que uno lo menciona, por las fotografías en las que aparece junto a él ni por los discursos que pronuncia cuando hay público delante. Tampoco se demuestra exhibiendo una supuesta pasión mientras otros contribuyen económicamente a aquello de lo que uno presume. Hay una diferencia bastante evidente entre colaborar desinteresadamente con un club y encontrar en sus colores una vía para obtener patrocinios, ventajas o cualquier otro tipo de beneficio.
Pero vamos a lo que nos gusta, a lo que nos importa y a lo que nos interesa. Y es que algunos parecen haber descubierto que el sentimiento también puede ser un negocio. Eso sí, siempre envuelto en una bonita bandera de pasión, compromiso y amor por el equipo del pueblo.
Aunque el asunto no termina ahí. También hay quien, sin acreditar una formación académica ni una trayectoria profesional que respalde determinadas lecciones, se permite cuestionar el trabajo de quienes sí han dedicado años a formarse y ejercer una profesión. Especialmente llamativo resulta cuando las críticas parecen responder más a la comparación y el resentimiento que a un análisis fundamentado. Porque discrepar es legítimo, opinar es un derecho y criticar también forma parte de la libertad de expresión. Lo que resulta menos convincente es pretender dar lecciones a profesionales sin aportar argumentos que estén a la altura de las descalificaciones.
Porque aquí se dice lo bueno y lo menos bueno. Faltaría más. Por tanto, hay otra característica que parece definir esta manera de entender las relaciones personales: la conveniencia. Hay personas que no se relacionan con otras por lo que son, sino por lo que pueden aportarles. Se acercan cuando necesitan algo, muestran una cercanía que a veces parece más interesada que sincera y mantienen determinadas relaciones mientras les resultan útiles. Cuando dejan de encontrar beneficio en ellas, el trato cambia y quienes ayer parecían imprescindibles pasan a convertirse en prescindibles. Una forma bastante peculiar de entender la amistad, la lealtad y el respeto, en la que los intereses personales parecen estar siempre por encima de cualquier vínculo.
En este escenario —póngase cómodo y suba el volumen— también aparecen las historias de programas que, con el paso del tiempo, terminan teniendo nuevos propietarios sin que necesariamente hayan sido quienes los pusieron en marcha. A veces basta con aprovechar una circunstancia, presentarse como víctima de una situación desagradable y encontrar el momento oportuno para hacerse con un espacio que ya tenía una identidad y un recorrido propio. Después, parece que la historia siempre hubiera comenzado con uno mismo.
Quizá el problema de fondo sea precisamente ese: confundir protagonismo con mérito, presencia con aportación y exposición pública con reconocimiento profesional.
No hace falta tener un título para opinar, por supuesto. Tampoco es imprescindible pagar una entrada para sentir los colores de un equipo, ni cobrar por colaborar convierte automáticamente a nadie en más aficionado. Pero sí conviene ser coherente con el discurso que uno abandera. Si se presume de amor incondicional, estaría bien que ese sentimiento no dependiera de los beneficios —en este caso, económicos— que pueda generar. Si se cuestiona el trabajo ajeno, sería razonable hacerlo con argumentos. Y si se ocupa un espacio que otros construyeron, quizá no estaría de más reconocer de dónde viene.
Porque los clubes de los pueblos no necesitan personajes que se apropien de sus colores para alimentar su propio escaparate. Necesitan personas que sumen, que respeten el trabajo de los demás y que entiendan que el verdadero protagonismo debe corresponder siempre a la institución y a quienes la hacen grande. Al final, los colores no son propiedad de nadie. Y mucho menos de quienes más presumen de defenderlos.
El sentimiento no necesita publicidad. Y cuando el amor a unos colores viene acompañado de demasiados intereses, quizá lo que habría que preguntarse es si estamos hablando de pasión o de negocio.
CD Estepona Fans | La Voz de la Afición (La primigenia)
Te puede interesar

30 oct 2026
Lebrija, una oportunidad y una trampa: el CD Estepona no puede confiarse ante un C.A. Antoniano herido

29 oct 2026
CARA A CARA | Atlético Antoniano-CD Estepona

29 oct 2026
Ariel Herrero, más allá de una mala racha

28 oct 2026
El Juvenil A del CD Estepona golea al CD Rincón y el filial cae ante el Pizarra Atlético
La app de CD Estepona Fans, en iPhone y Android
Noticias, partidos y resultados del Estepona al momento, gratis en tu móvil.