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Gracias por no rendiros nunca: el CD Estepona firma una permanencia que ya forma parte de la historia del club

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16/5/2026
Por CD Estepona Fans

Hace unos meses parecía imposible.

Hoy, en el Francisco Muñoz Pérez, se acaba de demostrar que no lo era.

El CD Estepona seguirá en Segunda RFEF después de imponerse por 3-1 al Real Madrid C en una noche donde el equipo volvió a competir como lleva meses haciéndolo: contra el límite, contra la presión y muchas veces también contra la sensación de que el margen se había terminado… hasta que este grupo decidió jugar cada partido como si no existiera mañana.

Y probablemente por eso esta permanencia tiene tantísimo valor.

Porque lo que acaba de conseguir este equipo no se explica únicamente desde un resultado final ni desde una eliminatoria concreta, sino desde todo el camino que ha tenido que recorrer para llegar hasta aquí, desde diciembre, desde ese momento en el que parecía condenado, desde aquel escenario donde todo apuntaba hacia abajo… y el grupo decidió rebelarse contra ello.

Porque esta permanencia no nace desde la tranquilidad.

Nace desde el límite.

Desde semanas enteras jugando finales.

Desde partidos donde no había margen.

Desde noches donde cada error parecía definitivo.

Desde Yecla.

Desde Valdebebas.

Y desde un Francisco Muñoz Pérez que esta noche ha terminado empujando como si el futuro del club dependiera de ello.

Porque probablemente dependía un poco de eso también.

Lo que ha conseguido este grupo es levantar a un club, reconstruir una estructura y devolverle la ilusión a una ciudad que necesitaba volver a creer en algo suyo, y eso no sucede por casualidad ni aparece simplemente porque sí, sino cuando alguien decide no rendirse en el momento exacto en el que todo invita a hacerlo.

Como José Hidalgo, presidente del club, que en el contexto más delicado de toda la temporada optó por sostener el proyecto, confiar en el trabajo y seguir apostando cuando lo fácil habría sido dejarse llevar por el ruido, porque donde otros habrían cerrado una etapa, él decidió abrir una nueva.

A partir de ahí llegó el orden.

La estructura.

La profesionalidad.

Con Julen Guerrero al frente de una reconstrucción silenciosa pero absolutamente decisiva, aportando método, exigencia y compromiso incluso atravesando un contexto personal durísimo, demostrando que su figura dentro del club no se mide únicamente desde las decisiones deportivas, sino también desde el ejemplo, desde la capacidad de sostener un proyecto cuando todo alrededor parecía desmoronarse.

Y en el banquillo apareció la pieza que terminó de conectar todo: Manolo Sánchez, el entrenador que habló desde el primer día de “someter al rival” y de “salir a ganar”… y consiguió que el equipo terminara creyéndolo de verdad, el técnico que pide sentirse uno más cuando probablemente no se da cuenta de que hace tiempo que ya lo era, porque no solo dirigió un equipo, cambió la mentalidad de un vestuario entero y también la de todo un entorno.

Junto a ellos apareció un cuerpo técnico que elevó el nivel diario del club hasta convertirlo en un equipo preparado para competir bajo máxima presión, desde Hugo Ramos, siempre en la sombra pero siempre presente; Sergi Puertas, llevando físicamente al grupo a un nivel diferencial; Álvaro Rodríguez y Manuel Montenegro, recuperando jugadores en tiempo récord; Dani Seller, afinando cada regreso; Diego de la Rosa, entendiendo perfectamente la exigencia de la portería; y Pablo Ajo, preparando cada partido desde el detalle.

Pero también hay crecimiento fuera del césped.

Y ahí aparece el trabajo de Aitor García, llevando la comunicación, la imagen y el día a día del club a otro nivel, convirtiendo las redes sociales, la información y la conexión con la afición en una parte fundamental de todo lo que se ha construido esta temporada alrededor del CD Estepona.

Sin olvidar tampoco a quienes sostienen el día a día lejos del foco como José Luis Rodríguez, Diego Morales, Antonio Cáceres o Francisco Montes, porque también hay permanencias que se construyen desde dentro y lejos de las cámaras.

Y luego están ellos.

Los futbolistas.

Los que hicieron que todo esto dejara de ser discurso para convertirse en realidad.

Desde la portería, donde Alfonso Liceras fue muchísimo más que un guardameta, porque terminó convirtiéndose en el salvador, en el jugador que sostuvo puntos imposibles con paradas que cambiaron partidos enteros y que además regresó en enero tras lesión para devolverle al equipo algo todavía más importante que las manos: la fe, transmitiendo esa pasión con la que entiende el fútbol y contagia a todo lo que tiene alrededor; mientras que a su lado, Joel Ruiz representó perfectamente lo que significa un vestuario sano, apoyando, creyendo y empujando cada semana como si fuera el protagonista sin necesidad de serlo.

En defensa, el equipo encontró algo más profundo que solidez.

Encontró identidad.

Porque si este equipo fuera un barco, José Antonio Caro sería su capitán, un líder natural que marcó el camino desde el carácter, la humildad y el compromiso, acompañado por Titi, esa locura competitiva perfectamente controlada, ese central que vive cada acción como si fuera la última, y junto a ellos, Antonio Marín, firme, fiable y constante incluso en los momentos de mayor tensión.

Pero hay nombres que explican algo todavía más emocional, como Alfonso Candelas, que no es únicamente un lateral, sino sentimiento puro, ese futbolista que pisa línea de fondo y consigue levantar a todo un estadio porque transmite escudo en cada acción; acompañado además por perfiles que construyeron desde el trabajo silencioso y constante como Xiker, esperando siempre su momento y respondiendo con nivel; Ramón Blázquez, creciendo hasta hacerse sitio; Iván Muñoz, preparado cada vez que el equipo le necesitó; Alberto González, dejándose la piel en cada oportunidad; o Álvaro Díaz, que incluso en una temporada complicada jamás dejó de estar presente.

Y también casos como el de Mario Camero, demostrando que se puede ser importante incluso desde fuera del campo, porque esta permanencia también es suya.

En el centro del campo apareció el equilibrio, pero también el carácter que terminó sosteniendo competitivamente al equipo durante los meses más duros.

Juanan, ese jugador total que cualquier entrenador quiere tener, guerrillero, polivalente e incansable; Javi Duarte, jugando siempre varios segundos por delante del resto, entendiendo el ritmo y el sentido de cada partido como muy pocos; y Ale Contreras, el mago, capaz de convertir cualquier balón en algo imprevisible.

A su alrededor, energía pura.

Sandji Barandji, el “+3 al bolsillo”, un despliegue físico brutal, el “Black Panther” del Estepona; Sergio León, impacto inmediato, presencia y competitividad; y Samu Expósito, verticalidad constante, insistencia y desborde.

Sin olvidar a quienes sostuvieron el día a día incluso lejos del foco mediático como Nacho Goma, entrenando como titular sin tener ficha, o Eneko Delgado, importante también en el recorrido del equipo, porque sí, esta permanencia también les pertenece.

Y luego están los que representan directamente lo que significa el club.

David Pomares, que no solo juega en el Estepona, es el Estepona, canterano, identidad y sentimiento puro; Maxi Benítes, pasando de jugar ligas locales en Estepona a competir meses después en una eliminatoria por la permanencia frente al Real Madrid C sin que le temblaran ni los cordones; y Rodney Aguayo, preparado siempre para responder cuando el equipo le necesitó.

Porque aquí todos terminaron sumando.

Arriba, el equipo encontró goles… pero también personalidad.

Ariel Herrero, “El Guaje”, volvió de lesión para cambiar la dinámica del equipo desde enero con lucha, presión y carácter; mientras que Héber Pena, que no centra balones sino poemas, además decidió aparecer en noches grandes con golazos que terminaron pesando muchísimo más que un simple resultado.

Y luego está él.

Šćepović.

El bombardero serbio.

El jugador que no marca goles normales.

Solo momentos.

El de La Unión en el 83.

El del Águilas en el 97.

El que apareció cuando parecía imposible.

Y además, ejemplo constante dentro del vestuario, ayudando, aconsejando y empujando a todos desde la experiencia.

Junto a ellos, el crecimiento de David Ballarín, pasando de la discreción a la explosión desde el descaro y la intensidad; y Roi Tato, importante también en el camino hasta que la lesión le frenó.

Todos.

Absolutamente todos.

Han construido algo que va muchísimo más allá de una clasificación.

Porque esto no se hizo en un día.

Ni en una semana.

Ni en un solo partido.

Se empezó a construir en Totana, en Lebrija, contra el UCAM, contra La Unión, en ese minuto 97, en Valdebebas… y ha terminado explotando emocionalmente esta noche en un Francisco Muñoz Pérez que jamás dejó de creer.

Porque sí.

También hubo una ciudad detrás.

Y eso merece su propio reconocimiento.

Porque hay permanencias que se consiguen desde el fútbol.

Y otras que también se sostienen desde la grada.

Lo que ha vivido esta noche el Francisco Muñoz Pérez ha sido muchísimo más que ambiente.

Ha sido una ciudad empujando.

Una ciudad creyendo.

Una ciudad entendiendo que este partido no iba únicamente de una categoría, sino del futuro inmediato de un proyecto entero.

Y el equipo lo sintió.

Porque hubo momentos durante la temporada donde el club sostuvo al equipo.

Pero en la última noche…

fue la ciudad quien sostuvo al club.

Y eso tampoco se olvida.

Porque esta permanencia no se consiguió desde la comodidad.

Se consiguió desde el límite.

Desde la presión.

Desde partidos donde no existía mañana.

Y precisamente por eso…

tiene tantísimo valor.

El CD Estepona seguirá en Segunda RFEF la temporada 2026/2027.

Pero probablemente lo más importante sea otra cosa:

que este club volvió a sentirse vivo.

Y eso ya no lo baja nadie.

Por eso hoy no hay análisis.

Solo queda una palabra.

Gracias.

Gracias por creer.

Gracias por competir.

Gracias por no rendiros nunca.

Y gracias por devolverle a Estepona algo que jamás se mide en puntos:

la ilusión.

Porque esto no es el final.

Es el principio.

Estepona vuelve a creer.

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